32 horas con Kasabian

Reportaje en The Guardian: el periodista Tom Lamont pasa más de 24 horas con Kasabian en su viaje al Frequency Fest 2011 en Bélgica este verano. Hemos traducido al español el reportaje completo  para vuestro disfrute. ¿Os imagináis la que puede llegar a montar Tom Meighan en un avión?

La banda estará sobre el escenario en 32 horas. Antes de eso –antes de un vuelo ‘movidito’ de Londres a Viena y de recorrer 70 millas en su autobús de 500,000 libras; antes de dormir en un hotel de lujo y de la tensa espera en los camerinos del festival de música, el destino final- antes de todo eso, Kasabian disfruta de distracciones mundanas en la sala de embarque del aeropuerto.

He quedado con ellos a mediados de agosto, y los cuatro miembros de la banda están esparcidos por la ampliación de la Terminal 1 del aeropuerto de Heathrow. Tom Meighan, cantante principal de la banda, está en WH Smith –tienda de libros y revistas-, con una bolsa de Monster Munch -snacks populares de UK- y un paquete de zumos Capri-Sun bajo el brazo, su aprovisionamiento para combatir la desconocida comida europea que les servirán los dos días que durará su periplo. Por su parte, el guitarrista y compositor Sergio Pizzorno está en una tienda del dutty-free, Dixons, echando un ojo a la sección de electrónica. Chris Edwards e Ian Mathews, bajista y batería de Kasabian respectivamente, están sentados tranquilamente leyendo revistas de música junto al manager de gira, el tipo de seguridad y los tres músicos que les acompañan para los conciertos (guitarra melódica, trompeta, órgano y efectos). Todos están esperando el vuelo que les llevará al Frequency 2011, festival de carácter anual que se celebra cada verano en un complejo deportivo cercano a Vienna.

No es difícil encontrar a los miembros de Kasabian: veo rápidamente a Sergio Pizzorno según paso el arco de seguridad, con su barba inconfundible, su altura y delgadez y esa pose algo encorvada, mezclado con esa piel tan blanca bajo la luz de los focos. Rockstar. Chris Edwards es una estrella del rock algo más discreta, con una bufanda que envuelve su corto cuello y esa cicatriz en la frente, recuerdo de un concierto celebrado en Sheffield hace mucho tiempo. Lo mismo pasa con Ian Matthews, mayor que el resto de sus compañeros –roza la cuarentena mientras que el resto del grupo está en la treintena-, que sin embargo parece más joven por esa cara aniñada –de ‘leprechaun’ dirían algunas- y en cuyos ojos adivinamos los siete años que lleva acompañando con orgullo a la banda –Matthews se incorporó a Kasabian más tarde durante la gira de 2004, anteriormente no habían tenido miembro fijo-.

En lo que se refiere al frontman… si Tom Meighan se equivocase y subiese por error a alguno de los más de 100 aviones de la terminal 1 de Heathrow -un hecho hipotético pero ni mucho menos improbable- sería fácil y rápido de encontrar. Todos los pilotos del aeropuerto londinense están advertidos sobre este hombre con voz de barítono de la East Midlands británica, con cierta tendencia a hablar con los miembros de la tripulación, y de hacer mención a películas de la década de los 80, así como a cantar fragmentos de canciones, que es incapaz de mantenerse quieto en su asiento, habitualmente lleno de restos de snacks y frutos secos, más allá de unos pocos minutos.

Al embarcar en nuestro vuelo destino a Vienna -31 horas antes de que comience el concierto- la tripulación de cabina debería, definitivamente, tomar nota de Meighan. Nada más acceder al avión, me hace un amago de cosquillas bajo las costillas, para acto seguido ponerse a toquetear varios de los miles de botones en la cabecera de la avión -¿conocéis a alguien que se atreva a hacer tal cosa?-. Cuando la fila le arrastra, comienza a andar por el pasillo silbando ‘Strawberry Fields Forever’, ladra un ‘Como estás’ entre siete y ocho veces a la azafata de vuelo y se arranca a cantar ‘Diamonds Are Forever’ mientras va golpeando los reposacabezas de más de medio avión con su paquete de Capri-Sun. Una niña pequeña, sentada y con el cinturón abrochado al lado de su madre, le mira boquiabierta.

Durante años, los espectadores han tratado de describir a Meighan utilizando adjetivos como distraído, animado o inquieto; hay gente que incluso ha derivado en diagnósticos médicos, especulando sobre una dieta a la que fue sometido cuando era niño, que le condenó a sufrir un exceso de energía durante toda su vida. Quizá todo ello es cierto, pero la realidad es que es complicado describir y trasladar a una página a este personaje (el periodista le llama unusual men): es necesario conocerle en persona. No obstante, en un intento de plasmar al cantante de Kasabian, diremos que esa niña que le miraba asustada y alarmada al principio, le mira al mismo tiempo como a alguien cercano. Como si fuese un amigo. Una sensación que se rompe rápidamente cuando, ya sentado en su asiento y con todo el avión en completo silencio, le grita a Marty Farrow, el tipo de seguridad de la banda que está sentado a unos pocos asientos: ‘Marty, ¿tienes alguna revista porno por ahí? Eh, Marty, ¿has traído algún ejemplar de Mayfairs?’ –revista erótica británica-. Episodio tras el que, acto seguido, la madre levanta a la mencionada niña de su asiento y se le lleva a una fila vacía de asientos cercana a la cabina.

Sergio PizzornoY lo cierto es que en una de esas revistas de música que ofrecen en la puerta del avión, en concreto en el último número de la Q Magazine, Meighan puede encontrar una columna entera dedicada a su opinión sobre las muchas variantes y sabores de los Monster Munch. Algo que le produce más que satisfacción a Tom que, con una bolsa de viaje llena de estos snacks por cierto, comenta en voz alta: ‘Sí tío, sabes que tu banda es grande cuando una revista de música transcribe lo que piensas sobre la ‘cebolla en escabeche’ y los ‘flamming picantes’. Pero… ¿cómo llego Kasabian hasta aquí?

Si volvemos atrás, a 2005 concretamente, esta misma publicación calificaba al cuarteto de Leicester como una ‘de las bandas más sobrevaloradas de U.K.’ Su música comenzó a ser conocida, como muchas bandas británicas, por ser utilizada en promos de la Premier League –de hecho hay muchos equipos en cuyos vestuarios, antes de los partidos, suena Club Foot-. Pero en la prensa, Meighan y Pizzorno se ganaron mala reputación, pecando de bocazas, y hablando como si fueran grandes cuando todavía no lo eran. De hecho, Kasabian era uno de esos tantos grupos de mediados de la década de los ’00 –Keane, Jet- del que se dudaba que pasasen más allá del complicado paso del ‘segundo o tercer disco’. Un grupo de One Hit Wonder.

Pero el ‘difícil segundo disco’, Empire (2006), vendió más de un millón de copias y, el aún más complicado tercer LP, West Ryder Pauper Lunatic Asylum (2009), fue un éxito aún mayor: la lírica lisérgica de Pizzorno sumada a la fuerza devastadora del refinado aullido de Meighan les sirvieron para ganar una nominación a los Mercury. Kasabian se ganó una reputación en el panorama musical británico gracias a su entrada en las listas británicas, propiciada por unas ventas siempre sólidas de sus discos y entradas de conciertos, así como por el declive de las grandes bandas como Oasis. Hoy, son, como precisamente se habían jactado en sus inicios, una de las bandas más grandes de Gran Bretaña.

Este mes de septiembre, Kasabian lanza su cuarto album, compuesto íntegramente por Pizzorno en una época de euforia y cansancio a sazón del nacimiento de su primer hijo. Había escuchado su disco de camino al aeropuerto y le dije a Pizzorno, parapetado entre sus collares en Dixon, lo mucho que me había gustado. Notablemente contento, Serge me dio una palmada en la espalda, al tiempo que, emocionado, me ensañaba en su iPhone el art work de la portada del disco.

En la imagen, Kasabian son retratados enfadados y gruñendo, en una especie de homenaje al saurio que da nombre al disco, todos cubiertos de plumas negras sobre fondo blanco. Kasabian es una banda arrogante, que se ha ganado a pulso esa reputación. Pero ellos representan ese universo hostil con unas malditas plumas blandas.
Pizzorno debate esa misma noche conmigo en el hotel de Vienna sobre Meighan y su ‘fama’: ‘En el escenario, Tom es como un león que merodea en su guarida, pero cuando se baja de él, es una de las personas más dulces que puedes conocer en tu vida. Se comporta de la misma manera en un sitio como el Buckingham Palace como en un barrio obrero, por eso la gente le adora. Es mi mejor amigo, nació y creció a un par de millas de mi casa –tuerce la cara-, ¿sabías que alguna vez me he tenido que ir a Papua Nueva Guinea para encontrarlo?’.

‘Encontrarlo’ fue la clave de todo. Pizzorno reconoce que, desde su adolescencia, siempre había querido formar una banda, pero no tenía la materia prima que se exige para un frontman. ‘Yo no tengo eso. Con eso se nace, como pasa con Jhonny Rotten, Jim Morrisson o Liam Gallagher. Es gente que es especial de forma innata’. Con dieciséis años, y dando sus primeros pasos como compositor, comenzó a buscar a su propia ‘persona especial’, alguien que tuviera un poco de Rotten, un poco de Jim y mucho de Liam.

Meighan era el niño más excéntrico del Countesthorpe Leicester Community College. Un chico raro que, como le recuerda Edwards, ‘llamaba podidamente la atención; era un chaval que tan pronto cantaba en el coro de la iglesia como se pavoneaba en los exámenes rapeando canciones de Cypress Hill’. El germen de Kasabian se produjo cuando Chris, amigo de Serge y con el que aprendió de forma mutua a tocar la guitarra, se acercó a Tom en el parque. ¿Quién mejor para reclutar como líder que el chico que se cantaba a sí mismo canciones de Oasis mientras jugaba al fútbol?

Aquella formación embrionaria, sumada más tarde al guitarrista Chris Karloff, se llamó Saracuse y comenzaron a actuar por locales de Leicester como el Half Time Orange. La cosa comenzó a evolucionar en el año 2000, cuando Pizzorno y Karloff se pusieron a experimentar música electrónica en un ordenador prestado, así el sonido Kasabian comenzaba a nacer, con Primal Scream como inspiración. Durante aquellos años grabaron una demo en el estudio donde Edwards trabajaba.

En 2001 Saracuse pasó a llamarse Kasabian, nombre acuñado por Karloff y sacado de un libro que trataba sobre los asesinatos de Charles Manson (Linda Kasabian fue uno de los miembros del grupo de Manson) y tuvieron la fortuna de que un DJ de Londres pinchase Processed Beats estando presente un ojeador de la BMG. A ello le siguió una audición, seguido del acuerdo de la grabación de varios álbumes. Ian Mathews se unió a Kasabian en 2004, justo antes de que su primer single, ‘Club Foot’ se convirtiera en un éxito. Su álbum debut homónimo llegó al cuarto puesto de las listas de éxitos de U.K.

El camino a la fama, a partir de ahí, no estuvo exento de golpes. Literalmente en el caso de Chris, cuya cicatriz en la frente es producto de una pelea entre él y Meighan a la salida de un club tras una actuación en Sheffield. ‘Si no nos hubiéramos conocido desde que teníamos once años, la cosa hubiera ido a mayores. Pero a los pocos minutos estábamos abrazándonos como dos ‘niños meones’. Vaya par: si todo había sido por el fútbol’.

El otro bache se produjo en 2006, cuando Karloff dejó la banda, por no estar de acuerdo con los compromisos de grabación. Edwards lo atribuye al hecho de que Karloff entró más tarde a la banda, cuando ya tenían 17 y 18 años, y no le unía como a los demás una profunda amistad. Dicho vínculo, se ha ido haciendo mucho más fuerte con el paso del tiempo. Durante el viaje a Vienna, el avión atravesó una larga zona de turbulencias y comenzó a moverse como si se tratase de una atracción de un parque temático. Meighan, con las sacudidas más grandes, comenzó a pasarlo mal, tapándose la cara con la revista que estaba leyendo y Pizzorno, sentado en el asiento de delante, se dio cuenta de ello y extendió su mano hacia él. Tom, instintivamente, la agarró y se mantuvieron así hasta que las turbulencias terminaron.

¡Gooooooolds!

El grito viene de la parte trasera del autobús del piso de arriba, donde están las literas. Estoy sentado abajo, en la banqueta de asientos que está junto a una cocina en miniatura, una zona que la banda ha bautizado como ‘la sala de las conspiraciones’ porque es donde a Marty Farrow le gusta sentar a la gente para hablarles de política.

Estamos reflexionando sobre la legalidad de la Guerra de Irak cuando vuelve a sonar el grito: ‘¡¡Gooooooooolds!!’ Acto seguido, Tom Meighan baja del piso superior como un elefante en una cacharrería, se dirige a la cabina del conductor, abre la puerta con las llaves y entra. Dentro oímos como habla atropelladamente con el conductor, y al instante el autobús disminuye la velocidad y entra en un área de servicio. ‘¿Qué significa eso que estaba gritando?’, les pregunto a los demás. Farrow suspira, mientras abre con el dedo la persiana y mira a través de la rendija: ‘”Golds”, es su palabra clave para referirse al McDonalds. Se refiere a los arcos dorados (el logo de la M de McDonalds): es capaz de detectarlos a kilómetros de distancia’.

Tom MeighanLa banda llegará tarde al hotel en Vienna para que les sirvan comida, por lo que los managers de gira les han proporcionado un rico menú basado en empanadillas Ginsters, que copan la nevera, y patatas a la inglesa, que pueden encontrar en importantes cantidades en el tercer cajón de la despensa. Pero como nos señala Farrow, el apetito de Meighan es bastante caprichoso. Así que, a los pocos minutos estamos todos haciendo cola para pedir comida en McDonalds. Mientras Farrow me cuenta como conoció a Kasabian por primera vez, Meighan silva una estrofa de la banda sonora de E.T e intenta descifrar los menús austriacos. Farrow trabajaba con Oasis y conoció a la banda cuando fueron sus teloneros en la gira de 2004. Los hermanos Gallagher y los chicos de Kasabian se hicieron muy amigos desde entonces y Farrow pasó a trabajar con los de Leicester.

De vuelta en el autobús, mientras estamos de picnic en la mesa del saloncito del bus, le pregunto a Meighan si no se le hace extraño eso de ser fan de Oasis a los 17 años para convertirse a los 30 en uno de los mejores amigos de Liam y Noel. ‘Sí’, me dice mientras piensa sobre ello, ‘sí colega, sí, sí… quieres unas patatas? ¿O unos nuggets? Espera, deja que busque el batido tío… Bajón de azúcar, colega’. De repente, Meighan se cansa de la comida dejando una hamburguesa a medio comer y se pone a repartir entre los demás la cantidad ingente de complementos que ha comprado: nuggets para el conductor, patatas fritas para el manager de gira… ‘Alguien ha visto mi libro de Danny Dyer? Meighan encuentra la biografía del actor británico en una pila de libros que hay junto a la puerta, lo coge y desaparece escaleras arriba tan rápido como apareció. Farrow aprovecha para retomar el hilo sobre Tony Blair y su participación en la Guerra de Irak: por la ventana veo el complejo donde se va a celebrar el festival. Quedan tres horas para el concierto.

Estando de gira en Bélgica, Meighan dedicó un concierto a Jean-Claude Van Damme, mientras que en una actuación en Noruega hizo mención a Dolph Lundgren -a pesar de que Lundgren es sueco-. La más curiosa tuvo lugar el año pasado, cuando Kasabian estaba dando un concierto en un complejo industrial y Meighan le dedicó el concierto a Optimus Prime, líder de Transformers. Así que era inevitable que en Austria, el frontman de Kasabian no se ‘acordase’ de Arnold Schwarzenegger. Justo al bajar del autobús tarda poco en comentárselo a una periodista ‘Ahora está atravesando una mala racha por lo de su mujer (se han separado), pero sigue siendo una leyenda. Me gusta’.
El camerino de Kasabian es poco más de un cubículo. Hay una pequeña nevera llena de cervezas y de dos botellas de Moët, y unas láminas de las profundidades del océano, cuya intención parece ser la tranquilizar a los artistas antes de salir al escenario, decoran las paredes. Pero hace tanto calor dentro del agobiante lugar que el pegamento que mantiene las láminas adheridas a las paredes amenaza con despegarse.

Comienzo mi entrevista con Meighan, le dedicamos unos segundos a Arnold Schwarzenegger, para seguir hablando de su relación con Pizzorno y Edwards desde que estaban en el instituto en Leicester, de como les tratan en su Leicester natal, de la religión -‘Mi religión es mi banda, mi familia y E.T’- y de qué estarían haciendo si no hubieran superado el bache del segundo disco –‘Estaría en Las Vegas haciendo de Elvis, amigo. Yo que se qué estaría haciendo, no me importa ni lo más mínimo’-. Mientras hablamos paseamos por el aparcamiento del festival y Meighan interrumpe la conversación para abrazar a la cantante de The Kills y para señalar a su hombre de seguridad mientras grita su nombre a todo el mundo, ‘porque todo el mundo le conoce’. Le pregunto si es bueno para su estado nervioso continúo la vorágine que significa una gira. ‘Claro, tío, claro que sí, de verd… ¿Dónde van?’, me pregunta mientras ve que el resto de la banda vuelve a subir al autobús, ‘Seguro que van a comerse unos Ginsters… ¿vamos a comernos unos Ginsters colega? Venga sí, no es mala idea, en serio vamos tío’.

Ya es de noche, queda solo una hora para que empiece el concierto y Kasabian está en el autobús viendo en el canal Sky el reality ‘Police’. Camera. Action!’ zapean en los anuncios encuentran un video de Rihanna y luego vuelta al reality y luego más zapping. Al rato, sube el conductor y les sugiere que bajen las persianas para evitar que les vean los fans. Los chicos obedecen, ninguno está dispuesto a que les vean viendo un antiguo episodio de Bulleye una hora antes de subir al escenario. Media hora antes del concierto se meten en el minúsculo camerino para calentar motores, la energía comienza a inundar el lugar. Pizzorno se pone de cara a la pared y practica un riff, Edwards hace lo propio con el bajo y Matthews se golpea rítmicamente el muslo con las baquetas. Meighan se pone a practicar escalas con un audio en loop desde su portátil. El manager de gira aparece por la puerta ‘Cinco minutos’. Meighan cambian el repetitivo audio por un tema de Iggy Pop. Chris abre una botella de ron con los dientes y sirve a los demás en unos vasos de plástico, que asienten al ritmo de la música ensordecedora.

Miro a través de una cortina del escenario. Me han dicho que hay unas 70.000 personas fuera, rugiendo. La marabunta de gente se pierde en el horizonte. En la primera fila, hay mayoritariamente chicas, cámara en mano. Más allá puedo ver a la multitud, chicos sin camiseta, chicas tatuadas, un tipo repartiendo agua y unos cuantos que van disfrazados de gimnastas.

Pizzorno, Edwards y Mathews hacen su entrada al escenario y las chicas de la primera fila comienzan a saltar y a gritar. Suena la introducción que precede a Club Foot. Cuando Meighan, como el león que nos había prometido Pizzorno, hace su entrada, las 70.000 personas se vuelven locas. El frontman de Kasabian se pone al borde del escenario, junta los pies, y abre los brazos, como si quisiera absorber la energía del público. Uno, dos, tres… sus raíces. En 32 horas, es la primera vez que consigo ver a Meighan totalmente quieto.

¿Quieres comentar este reportaje y ver más entrevistas de Kasabian? Como siempre, en tu foro de Kasabian en España 😉

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